En los últimos días y a la luz de diferentes noticias como la derrota de Obama y la irrupción electoral de un movimiento político como el Tea Party, las batallas mediático-políticas que hay en Leganés para no reparar en medios (cada día más inmorales) para lograr el fin de tumbar o vilipendiar al adversario, los improperios y la falta de educación, el que la clase política ya sea el segundo problema en importancia para los españoles, etc., me he vuelto a plantear una pregunta con una respuesta que, lamentablemente, no se quiere contestar con sinceridad porque nos hace a los propios ciudadanos responsables:
¿Tienen los gobernantes y los políticos un incentivo para hacer las cosas bien? Y me explico. En las diversas facetas de nuestra vida, como trabajadores, como estudiantes, como compañeros, como amigos..., hay diversos estímulos más o menos explícitos o confesables que nos empujan a actuar de un modo u otro y, por nuestro propio bien, nos lanzan hacia un objetivo deseable. A grandes rasgos, y perdónenme si generalizo o simplifico en exceso, la obtención de dinero o lucro es el motor que mueve a una empresa o a un trabajador, las calificaciones y superar asignaturas que te proporcionen una titulación y una formación motivan a los estudiantes, el cariño, la protección y ese colchón de seguridades que te da la familia o los amigos son los que hacen que sepas mimar y cuidar esas relaciones...
Y en buena lógica,
el incentivo de un gobernante, de un político, de un partido, es el obtener el voto del ciudadano. A mayor cantidad de votos, que el sentido común dicta que debería ser el "premio" o respaldo a una correcta labor, más posiblidades de poder, esencia misma de la existencia de las organizaciones políticas. Pero algo falla en la ecuación o no resiste la comparación entre el ámbito por ejemplo laboral y el político. Si uno es mal trabajador, no responde a las exigencias del jefe o de los clientes, o bien termina despedido y contratan a otro, o ve que no le ascienden ni le mejoran el salario o tiene que echar el cierre al negocio. Pero si uno es mal gobernante, un político insensato o el partido que gobierna hace las cosas de una manera incorrecta, es corrupto, es incompetente, es derrochador ¿qué sucede en España y en sus diversas autonomías y municipios y me da igual el color político de ese gobierno? La mayoría de las veces nada, poco, o, lo que es peor,
es aún más premiado por los votantes porque quienes pueden cambiar las cosas con su voto terminan metiendo a todos en el mismo saco y se abstienen, con lo que ponen sin obstáculos la alfombra roja a esa interminable ristra de paniaguados, cortijeros, sectarios, integristas y forofos políticos que nunca faltan a la cita con las urnas porque, con independencia de los resultados de la gestión o los intereses generales, "hay que apoyar a los míos y a los que garantizan mi tren de vida" o porque "es que los otros mataron hace 80 años a no sé quien", o "yo seré toda mi vida de estos aunque me dejen sin nada ", o "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer"...
En este sentido, siento envidia sana o insana de otras democracias occidentales, más maduras y asentadas que la nuestra, como se vio recientemente en el Reino Unido, como ha pasado en Francia o hace muy pocos días en Estados Unidos. En estas democracias, uno puede simpatizar con un partido, ideología o tendencia política, pero se castiga severamente al mal gestor, al mal gobernante, al que no está ofreciendo las soluciones adecuadas.
Ni el partido, ni la ideología son una patente de corso, ni el voto aparece como cautivo. El voto de castigo es real y palpable. Y esto es lo que falla en España y que es uno de sus grandes cánceres: la política de bloques, la inexistencia de autocrítica en el seno de unos y otros, el "y tú más", las trincheras entre "fachas y rojos"...
Y esa es la ruina de nuestro país. Y eso es lo que en Leganés quieren eternizar artificialmente irresponsables como el señor Gómez Montoya o el señor Calle. Nefastos gestores, personas sin preparación, ideología, principios ni competencia, profesionales de la política en el peor sentido de la palabra. Y son esos señores los que
hablan de circo... Y a lo mejor no les falta razón, ¿pero se han mirado a sí mismos? ¿Habrá, señor alcalde, que dar detalles del show montado por algunos en Benidorm con los viajes de nuestros mayores a cargo del dinero de todos, no del suyo?
Este fin de semana hay circo en Leganés. No el que vivimos diariamente en la política pepinera, sino el típico con malabaristas, leones y payasos. Un circo bastante más honesto que el que día sí, día también, perpetran desde
el búnker de Plaza Mayor. Un búnker cada día más siniestro, dañino y falto de escrúpulos, porque cada día que pasa es un día menos para que sea derribado por los vecinos.